JAQUE MATE
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JAQUE MATE

Nunca más realizó desafío alguno con el juego ciencia

Emilio López Gelcich | 2 ene 2026


JAQUE MATE

A los dieciocho años, en el dos mil catorce, se paró de la silla de ruedas y caminó: primero a tientas, después más seguro de sí mismo, finalmente a paso firme. La invalidez permaneció instalada todo ese tiempo en su cabeza a causa de un violento abuso infantil que traumatizó su cerebro y lo mantuvo inmóvil de la cintura hacia abajo más de una década. De pie sentía que sus brazos flotaban al lado de su cuerpo erguido, ya no tenían que empujar esas dos ruedas para realizar un avance. Intentó retrotraerse a la niñez, volver a los inicios, pero inmediatamente un azote cruzó su espalda, dejándolo dolorido en el suelo. Se levantó como pudo, ya que ahora era capaz de caminar, y en ese preciso instante decidió ir en busca de un mundo nuevo.

En un comienzo le costó orientarse, siempre andaba dubitativo, pero con el tiempo estableció una rutina en que pautaba cada movimiento. La soledad se transformó en su permanente refugio, por lo que, en la medida de lo posible, eludía todo contacto humano. Se refugió en los números, trabajó como contable, ideó fórmulas, desarrolló ecuaciones de distinto tipo, luego, en el campo de la informática, consolidó un estatus profesional que le permitía vivir sin ningún tipo de apremio económico. El ajedrez, los libros, más alguna copa de vino, se transformaron en la trilogía que conformó su vida en un espacio de setenta metros cuadrados con todas las comodidades. Jugaba partidas en su teléfono móvil última generación confrontando con los niveles más altos, y cuando lograba un jaque mate, dejaba la mente en blanco por un espacio de tiempo indefinido. En cuanto a la lectura, le gustaban los autores japoneses, y entre esas obras, “La escopeta de caza” de Yasushi Inoué figuraba entre sus preferidas. Contaba con cuarenta y dos años cuando se planteó la disyuntiva entre contratar como ayudante un androide o alguien de carne y hueso. Obviamente el androide resultaría más económico: en un comienzo el desembolso sería mayor, pero después, el trabajo sin límite de horario tendría un costo casi cero. Pese a ello se decidió por una ayudante humana cinco horas al día, de lunes a viernes.

Leonora Piedras comenzó a trabajar el veintiocho de marzo de dos mil cuarenta y uno, haciéndose cargo de todos los aparatos electrónicos de limpieza y cocina mediante un reloj inteligente que le entregó Ribau. En cuanto a la ayudantía en relación con el trabajo administrativo, lo realizaba las dos últimas horas de la tarde. Desde el primer día se adaptó completamente al ritmo de la casa, hecho que posibilitó que Ribau dedicara aún más tiempo al ajedrez y la lectura. Con el correr de los años conformaron un equipo perfecto, y llegó el momento en que la atracción mutua los convenció de que había llegado el momento de ampararse en la unión civil y vivir juntos. Mientras él creaba bancos de datos, programas y herramientas financieras para distintas compañías, ella repasaba detenidamente la superficie del tablero de ajedrez sin fichas, analizando en abstracto un sin fin de posibilidades para cada partida. Y jamás perdió un juego con él, por lo que Ribau le tuvo siempre una admiración profunda. Ambos pensaron que conformaban un binomio ideal e indisoluble, hasta que un día, después de treinta años de armoniosa convivencia, Leonora Piedras salió a la calle y jamás volvió. Él la buscó incansablemente, de manera oficial y a través de las redes, pero no obtuvo dato ni pista alguna. JAQUE MATE. Entonces retornó a la silla de ruedas hasta que las piernas se convirtieron en dos hilos. Nunca más realizó desafío alguno con el juego ciencia, y una mañana, a eso de las siete, se dirigió al pequeño balcón del departamento, colocándose frente a la baranda, que estaba sujeta a un grueso vidrio de base. Permaneció unos minutos observando él movimiento de infinidad de drones con cámaras de vigilancia en el espacio, y luego, con toda la fuerza de sus brazos elevó su cuerpo para lanzarse al vacío.

Al momento de ingresar a la clínica se activaron de inmediato los protocolos de reanimación, pero en todas las pantallas apareció un documento, debidamente legalizado por él mismo, que explícitamente suspendía de oficio cualquier intento de mantenerlo con vida.

               Emilio López Gelcich

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